18 enero, 2021

Certeza de campaña

poema de Marcial Dacal

 

 

Ernesto Niebla Chalita

Nos conocimos cuando él buscaba al autor de una frase en un cartel mío. No sabíamos entonces que nuestra amistad duraría solo seis años. Tiempo en el cual presencié su esfuerzo para y por el diseño en nuestro país. Quien se asome a su currículo de trabajo puede constatar cuánto hizo y en cuán breve espacio. Tal vez lo que no se pueda atisbar en dicho documento sea en cuáles condiciones. Condiciones superadas por el entusiasmo, la convicción de saberse útil y el deseo —»solo el deseo es eterno» diría un poeta, uno de nuestros favoritos—1. Quienes vivimos esa etapa sabemos de su áspera reciedumbre; pues cuando el mundo del diseño daba sus primeros pasos en la era digital de la autoedición, no pocas veces el agua con azúcar era nuestro alimento mientras se leía, a la luz de una vela o un quinqué, la fotocopia gloriosa de un artículo de Graphis, Print, How, U&lc. Y soñábamos con el diseño, con la bicicleta formando parte de nuestras costillas.

Basta ver al azar una agenda suya. Cualquiera, de cualquier momento de esos años frenéticos en que compartía la Dirección de Imagen y Promoción en la Oficina Nacional de Diseño, la organización de la naciente Asociación Cubana de Publicitarios y Propagandistas —hoy ACCS—, la participación en el grupo Next Generation de Icograda; las clases en el Instituto Superior de Diseño (entonces Industrial). Cuando uno hojea sus páginas no encuentra espacio. Su letra fluida mezcla horarios, notas de reunión, frases, tachones y genitales dibujados por los amigos de entonces en un momento de descuido, versos de un próximo poema, listas de chequeo, bocetos de diseños, apuntes de ideas, recordatorios, dibujos, filigranas… Todo un cadáver exquisito digno de Duchamp o Apollinaire. Ese termómetro de celulosa de sus páginas resulta ilustrativo del despliegue de energías realizado por él: clases, conversatorios, diseños, conferencias, reuniones… otra vez clases, tutorías de tesis, cursos de superación, ponencias en eventos, concursos, oponencias, diseños, tribunales de tesis, jurado de concursos, de ferias, de convenciones; curador y participante de exposiciones, diseños, y escucha paciente de cuanta idea le proponían… Tenía la capacidad ecuménica de nuclear en torno suyo a disímiles personas, hasta con personalidades divergentes. Cautivos de su influjo conversaba y escuchaba —a veces hasta el desespero— las propuestas más pertinentes y las más descabelladas. Cercano, afable, dispuesto a sonreír y hacer sonreír sin proponérselo.

Lúcido, impresionantemente lúcido. Decidió tempranamente estudiar la relación de la escritura y sus consecuencias con los procesos creativos en el diseño y advirtió como nadie de su generación —y afirmo que de las siguientes que ha parido el diseño cubano— la importancia de las figuras retóricas para el proceso de prefiguración tan necesario a sus campos de aplicación. Su tesis de grado, inédita y audaz, teoriza sobre el asunto, después profundizado por él en la lectura de textos de Abraham Moles, Jordi Llovet y todos aquellos maravillosos libros de la editorial Gustavo Gili a nuestro alcance en la siempre deliciosa biblioteca del ISDi. La universidad de entonces suponía resultados de proyecto en una institución que tanteaba su camino y sus características académicas—apenas era la tercera graduación—. Ese trabajo de diploma —que replanteó aquel esquema—todavía espera por una relectura. Yace en sus páginas de papel cebolla esperando nuevas miradas desde su condición de incunabilis teórico cuando aún éramos cuasi huérfanos de los procederes de la metodología de la investigación científica.

Hace unos años, al leer su poemario presentado al concurso de poesía Pinos Nuevos titulado «Yo me vengo»2, una amiga poetisa3 le definió como «un poeta en ciernes». Sus poemas, magra e inexactamente recordados hoy, han calado en nuestro imaginario gremial. Lapidarios epigramas, deudores del haiku y de la poesía conversacional, que fascinan aún con la misma fuerza de las tertulias en que fueron develados.

Precisamente su capacidad de conceptualizar sobre el diseño y la poesía4 tiene mucho que ver con la cualidad de lector que le caracterizó y, por consecuencia, de su enorme cultura personal. Conocedor perspicaz del lenguaje tropológico y su aplicación a la comunicación visual. Depredador concienzudo de los tropos y las imágenes poéticas y su manejo por autores como Martí, Vallejo, Retamar, Huidobro, Nogueras, Guillén, Dalton, Silvio, Serrat, Prevet, Erza Pound, Neruda, Gabo…, una enumeración de lecturas muy extensa para listar. Admiró y estudió también la ejecutoria de notables redactores creativos de publicidad como Oliverio Toscani o Washington Oliveto, lo que le permitió vislumbrar un horizonte de posibilidades creativas inéditas o, como mínimo, exploradas a ciegas. No le resultaba difícil diseccionar los procesos a los que se enfrentaba como diseñador en ciernes y aplicarle sus conocimientos escriturales. Marcas o nombres de marcas suyos que han resistido el paso de los años, como el IPK —tan nombrado en esta temporada de pandemia—, o en otras áreas de trabajo de la industria biotecnológica y el turismo. Tal era su convicción que no era extraño abrir un fichero suyo —entonces en Corel 2—y, en vez de encontrarse un nombre del código Pantone de un color, se topara con «azul suspiro» o «verde pantano».

 

Marcial ejerce un liderazgo sin proponérselo, derivado de la autoridad nacida del conocimiento, la convicción y el humor, de ahí su vigencia. Convocaba con su presencia. Le recuerdo «empanizado», tumbado en la arena, escuchando a Les Luthiers en una grabadora portátil, rodeado de cuantos estábamos en el campismo de la FEU en Varadero. Su actitud no era la de un simple escucha, estaba aprendiendo todo ese caudal de humor sofisticado para sí, incorporándolo a su manera de ser para devolverlo recreado en la situación más insospechada. La risa era el premio a su generosidad, pues su vocación siempre fue compartir. Compartir su ingenio, su casa, su comida, su franqueza, su capacidad activa para conectar ideas aparentemente dispares, sus amigos. Con el decursar de los años eso puede verse también como una herencia ética. Marcial nos indica una ética de entender la profesión y la vida, de ser consecuentes y comprometerse con las causas comunes. Marcial es un germinador. Desandó todos los caminos que pudo, hasta que la muerte vino una noche y nos despertó de la fiesta que era sentirnos como «duendes en añejo» hambrientos de mundo, acorazados por el lenguaje del diseño.

En su poema titulado «Los desconocidos de siempre» Wichy concluye:

 

Tal vez hemos llegado a la hora en que el hombre,

no sea juzgado solamente por los hechos, sino también

por sus posibilidades, brutalmente asesinadas

cuando ese hombre murió sin realizarse.

 

Sin embargo, no es el caso. Sus breves treinta años los aprovechó de modo factorial. Marcial ha estado y está en muchos de quienes le conocimos, en diversos empeños, proyectos y desafíos. Comparte cada vez —ya sin té y sin ron— dudas y posiciones enfrentadas a diario por quienes le tenemos presente. ¿Cuánto más pudiera haber aportado a nuestra profesión?¿Cuán mejores y diferentes seríamos de lo que ahora somos?¿Cuántos de sus aportes son conocidos más allá de la anécdota? Aunque en este caso la anécdota misma resulta a veces un componente del aporte. Su ejemplo es necesario. Hace falta su vida, su ecumenismo para nuclear, para incidir y moldear los consensos pendientes de muchos de nuestros sueños. Hace falta su humor para descubrir el lado amable de los actos y el gesto probable de las gentes.

Escribir estas líneas obliga a preguntarse quiénes pudieran ser sus lectores. Las respuestas a dicha interrogante subrayan los argumentos en torno a la deuda de conocimiento de su breve, pero intenso aporte. Deuda más para con las generaciones recientes de diseñadores; pero también con sus contemporáneos. La tarea pendiente de recuperar la memoria de su ejecutoria, de su pensamiento y de su acción tiene que ver, siempre según mi parecer subjetivo, con el hecho de que encarna y representa el modelo de profesional cubano que plantó cara a las dificultades siempre crecientes de nuestra realidad. Alguien que nos dice desde el futuro: «puedo decirte al oído todo el sabor de una estrella».

Ni la primera persona del singular, ni redactar en tiempo pasado sirven para evocar a este amigo mucho/poco conocido. Tampoco solazarse en su anecdotario, porque creo que hay algo de impúdico en el acto de socializar los afectos más allá de los contextos en que se producen. Por mi parte sigo desde hace más de treinta años reconstruyendo mentalmente el olor de las flores de la entrada de su casa, el sonido del timbre de la puerta más hospitalaria de los años noventa, el susurro de los pasos al subir los dieciocho escalones hasta el descanso de su escalera y mirar hacia arriba al minotauro de tres cuernos, ese que no tenía quien le escribiera; continuar nuestra conspiración del día anterior con cuidado de alguna trastada circunstancial, lamentarnos, por poner un ejemplo, de que un emoticón valga más que mil palabras…

No sé si estas líneas cumplan alguna función, pero este diseñador también conocido como Marmisu Telaraño o Martecede Blancoquema es muy probable que sea amigo de Itzamná, el dios maya de las palabras y la escritura. De ahí su indócil costumbre de estar presente, conjugándose en forma de recuerdos. Traficando sonrisas sin necesidad de lavar en público ningún tropo sucio. Quizás ello explique cómo, pese al tiempo transcurrido, sea un misterio su evocación reiterada por muchas personas que no compartieron su época. Marcial Dacal Díaz es el hermano que la biología le negó a mi madre, pero que el diseño nos alumbró de modo definitivo.

 

Notas al pie:

1 Luis Rogelio Nogueras. Poema ­“Nubes”.

2 El título del poemario nacía de un fragmento de una carta de José Martí a María Mantilla: «Yo me vengo de ti, queriéndote con todo mi corazón. Aunque tú y yo somos así, que callamos cuando más queremos».

3 Basilia Papastamatíu.

4 El día de la defensa de su tesis de diploma leyó la conocida paráfrasis del poema de Luis Rogelio Nogueras contenido en el plaquette Hay muchos modos de jugar. En ella sustituyó las palabras censura y censor por diseño y diseñador.

 

Tomado de la Revista Cubana de Diseño La Tiza No.9