31 julio, 2020

«Sanas Palabras» 24 de junio

24 de junio

Esta crónica está escrita en dos momentos: el primero transcurre en horas de la tarde. Un grupo de artistas de diversos países, convocados para meditar —en tiempos de contaminación ambiental y de confinamiento físico, debido a la pandemia— sobre “la contaminación del arte contemporáneo” (de géneros, estilos, manifestaciones, etc.), presentan pequeñas cápsulas audiovisuales que se suceden, y se enlazan, como lo hacen los cuadros o las instalaciones de una exposición. Esta vez no se reúnen en una residencia señorial, ni se narran cuentos, como lo imaginaba Boccaccio; la reunión es virtual, y la narración, casi metafísica. No estoy seguro de si eso significa un avance o un retroceso. El video se proyecta en una pantalla, y es visto (o aspiramos a que lo sea), de manera simultánea, por invitados y trabajadores del hospital, así como por los pacientes de la zona roja. Al menos los de afuera, parecen atentos.

Las fiestas de San Geovanni llegan al interior del hospital italo-cubano.

Mientras esto sucede, me dan una buena noticia: mis amigas de ayer, las enfermas asintomáticas y algunas otras pacientes —entre ellas una anciana de noventa y cuatro años—, ya con un tampón negativo han salido por la puerta del fondo que nadie usa, sin tránsito posible de personas, a tomar el sol de la mano del doctor Miguel y de algunas enfermeras italianas. La anciana, que llevaba días sin poder conciliar el sueño, pudo por fin dormir a la luz del día, en su silla de ruedas. Hace calor en Turín —y esta es una afirmación que, dicha por un cubano, debe ser tenida en cuenta—, pero los seres humanos necesitamos del sol, que es sinónimo de vida. Nosotros entramos por la noche, para ver desde allí el concierto anual de la fiesta del patrón de la ciudad. Y apenas ahora, a las 11:30 p.m., escribo la segunda parte de esta crónica.

Pero antes de que se proyectara en vivo el concierto de la fiesta de San Geovanni, rueda un clásico de la cinematografía italiana: de Alberto Sordi, Un italiano en América (1967), con Vittorio De Sica. Hay tres pacientes, uno en silla de ruedas, otro cómodamente acostado en su cama, y una tercera que se ha sentado en una de las sillas disponibles. Tropiezo con Martina, camina mientras habla por su celular, abre los brazos de satisfacción al verme, pero le digo que siga conversando. “No, ya terminamos.” En otras circunstancias le hubiera dado un beso en la mejilla, pero la pandemia nos ha transformado en japoneses (con el perdón de los japoneses), y nos inclinamos levemente en señal de saludo. “Odio las películas de Alberto Sordi”, me dice de forma intempestiva. Nos separamos, busco a la fotógrafa Diana, que esta vez nos acompaña, para que me sirva de traductora. Es su primera vez en la zona roja. Al rato, vuelvo a tropezar con Martina, ahora está junto a María. Esperan ansiosas que consulten las computadoras de la sala, para saber si han llegado los resultados del último tampón. El doctor Jaime las ayuda. Pero nada. Hasta mañana.

Martina comenta que los recortes en el presupuesto de la salud favorecen la medicina privada. Al fin, comienza el concierto. Pero ella se aleja otra vez para hablar por su celular. Aparecen en pantalla diferentes personas que expresan sus peticiones al Santo Patrón: “conseguir trabajo para mí y para mi esposo”; “que no nos enfermemos”; “que termine la pandemia”. Veo a Diana, a lo lejos, conversar con una anciana en su cama. “Me está contando su vida”, dice cuando me acerco. Y después me ofrece el lead: es húngara, se enamoró de un italiano y vino con él, pero su marido falleció en un accidente de tránsito y se las tuvo que arreglar sola.

Este año las luces no iluminan el cielo de Turín, ni han salido los jóvenes piamonteses a contemplar el espectáculo y a besarse a orillas del río Po. El esfuerzo de la alcaldía se centra en la trasmisión televisiva y en las redes. Pero un hálito de esperanza circunda nuestras vidas. Mañana también yo preguntaré a primera hora por el resultado de los malditos tampones de Martina y de María. Ellas merecen volver a casa.

Enrique Ubieta