29 junio, 2020

«Sanas Palabras» 26 de mayo

26 de mayo

¿Ha llegado el verano? La pregunta brota inaudible para que no la escuche el Dios de la estación y se arrepienta. En Crema, fuimos cocinados a fuego lento en la Plaza del Duomo, durante el acto de despedida que transcurrió entre las once de la mañana y la una de la tarde. El sol, perpendicular, nos hizo sentir en Cuba; pero el clima de Turín, a cuatrocientos metros sobre el nivel del mar, es menos cálido. Aun así, dicen que el mes de agosto es sofocante. La ciudad, rodeada por los Alpes, arde. Por la salud del pueblo italiano, esperamos estar en casa, junto a nuestras familias.

Lo cierto es que ya no es imprescindible el abrigo. Los amaneceres y las noches son ligeramente fríos, pero el día se abre y, por la tarde, sobran las mangas largas. La gente estrena su ropa de verano con la misma ansiedad que nosotros la ropa de invierno. Un solo rayo de sol basta para que las personas se exhiban en los balcones y se embadurnen de cremas protectoras. Han aparecido también las sábanas blancas y la ropa de todos los colores, colgadas en los balcones. Supongo que existen las secadoras automáticas; pero, aunque Turín no es Nápoles, nada iguala el milenario efecto solar sobre la ropa y el espíritu. Este domingo, sin embargo, la televisión italiana trasmitió imágenes preocupantes: cientos de personas, sin nasobuco, aglomeradas en los parques. Es instintivo, un acto de liberación que enlaza la llegada del verano con la abolición del encierro hogareño.

La actividad del hospital sigue su curso. La novedad fue la visita de los directivos de la empresa que lo administra. El hospital Covid-OGR ha sido un éxito rotundo —su estilo multidisciplinario no es común para este tipo de centro en Italia—, a pesar de que otros de similares características habían fracasado antes. Todas las tardes, alrededor de las dos, se producen verdaderas sesiones científicas. Los principales especialistas de Italia y de Cuba se reúnen para analizar los casos más complejos. Los cubanos se han ganado un respeto en esos debates y sus opiniones marcan pautas. El doctor Julio Guerra —que hoy, sea dicho ya, cumple cuarenta y cuatro años— se entusiasma al hablar de los casos discutidos; “muy bonitos”, dice a veces y se olvida de que no soy médico.

Para explicar la reacción del director clínico del hospital, sin tener que describir los casos, diré que la característica de nuestros especialistas es que se saltan lo que impone el libro y van al paciente, y que, a veces —lo han demostrado—, la solución más efectiva es la más simple. Lo cierto es que hoy, ante la evidente mejoría de una anciana de noventa y cuatro años, a partir de un criterio clínico de Julio, el doctor Alessandro Comune —quien ocupa el cargo antes mencionado y conduce las sesiones— expresó emocionado (las emociones no son consideradas científicas):

“Ustedes, que diagnostican con pocos recursos, son muy exactos, muy precisos. La medicina de los cubanos es más limpia que la nuestra y la que enseñan es mejor que la que enseñamos en nuestras universidades. Resuelven problemas con poco, piensan, utilizan los elementos clínicos para diagnosticar y lo hacen con precisión, sin necesidad de análisis complementarios. En mi hospital de procedencia, hubiésemos gastado un arsenal de recursos, y el resultado no hubiese sido mejor.”

Aunque el verano hace que las personas sean más extrovertidas, creo que esa opinión empezó a formarse una mañana de primavera en la que un grupo de médicos y enfermeros cubanos (y Julio con ellos) entró, por primera vez, a la zona roja.

Los amaneceres y las noches son ligeramente fríos, pero el día se abre y, por la tarde, sobran las mangas largas. (Nota del autor.)

Todas las tardes, alrededor de las dos, se producen verdaderas sesiones científicas. (Nota del autor.)

El doctor Julio. (Nota del autor.)

Enrique Ubieta