2 julio, 2019

¿Qué hay más allá de la forma?

Diálogo de La Tiza con Concha Fontenla

La II Bienal de Diseño de La Habana se celebrará unos días después de que culmine la XIII Bienal de arte. La más joven de estas citas invita a pensar en un “más allá de la forma”; la de más larga tradición, nos ha incitado a que reflexionemos sobre “la construcción de lo posible”.

Aun cuando se trate de eventos independientes, entre ambas ideas podría establecerse una interesante relación que daría cuenta de cómo, entre el arte y el diseño, existen vasos comunicantes innegables que sirven a distintos propósitos.

En la ardua y creativa tarea de establecer esa relación comunicativa, de plantear una construcción de lo posible y luego mostrarnos un más allá de la forma, se ha encontrado inmersa en los últimos meses Concha Fontenla, Doctora en Historia del Arte Contemporáneo por la Universidad de Santiago de Compostela y directora de Factoría Habana, espacio de experimentación y creación contemporánea adscrito a la Oficina del Historiador de la Ciudad.

 

La Tiza: ¿Cómo se asume, desde la curaduría de arte, la indagación en un más allá de la forma?

 

Concha Fontenla: El más allá de la forma, más allá de las fronteras, permite trabajar sin necesidad de pensar en categorizaciones entre actividades creativas. Significa también la posibilidad de potenciar acciones que puedan complementarse y aportarse entre sí.

La relación entre el arte, la arquitectura, el diseño, la artesanía y la industria en décadas pasadas siempre me pareció fascinante, hasta el punto de convertirse en uno de los ejes sobre los que bascula una investigación personal compartida con otros profesionales cubanos cuyos primeros resultados se reunieron en la la exposición Arte, industria y viceversa, curada para Factoría Habana con uno de sus protagonistas: el artista/historiador Tonel y la colaboración inestimable de Ernesto Oroza.

más allá de la forma

Factoría Habana es una galería que, desde sus inicios, ha tratado de acercarse desprejuiciadamente a esa relación. Pensamos que no hay compartimentos estancos entre manifestaciones artísticas: hay bueno o malo, interesante o no, profundo o superficial…

Las obras de diseño no pueden desvincularse del resto de las manifestaciones artísticas, sobre todo en un momento de la historia de la humanidad en que las fronteras, físicas o virtuales, se desdibujan hasta diluirse.

No resulta necesaria la distinción entre arte y diseño, se trata de buscar la propuesta oportuna para cada lugar, el proyecto idóneo para cada espacio.

 

LT: ¿En medio de un escenario de límites difusos, en qué aspecto radicaría la singularidad de cada actividad creativa?

 

CF: El artista crea para un público anónimo, para el público de sus sueños, para “un espectador” que pretende incorporar a su obra… proceso largo que se inicia en el Renacimiento, cuando el hombre fue “centro y medida” del mundo. De ahí se han ido encontrando diversas formas de acercamiento en las que el espectador puede participar activamente en la obra de arte, la importancia de las posibles miradas del receptor se tiene en cuenta también desde la curaduría de una exposición.

En el diseño se complejiza todavía más esta labor creativa, pues se trabaja para un público real, ya no tan específico sino genérico, el creador debe cumplir o dar respuesta a determinados requisitos y necesidades, uso y función. En el arte se cuenta con la subjetividad del otro; en el diseño, con la vida del otro.

Por otra parte, en el proceso creativo, el diseñador no se enfoca tanto en las sensaciones, en las emociones que lo llevan a crear, como en resolver a priori una serie de “limitaciones”, condicionantes o requisitos del trabajo de diseño, que trata de convertir en estímulo. Por ejemplo, además de las necesidades a satisfacer o las funciones a realizar, un producto es portador de una estética, de un valor económico, de variables de sustentabilidad.

En Cuba, la falta de disponibilidad de una amplia gama de materiales y su débil tejido empresarial/fabril hace particularmente difícil el desarrollo de esta actividad en determinados sectores. En otras esferas, el desarrollo del diseño ha sido “riquísimo”: magníficas vallas publicitarias que a lo largo de tantos años han mostrado la imagen de la Revolución, la maravilla de los carteles de cine…; productos, en definitiva, transmisores de ideas y de cultura como lo fue en el mundo del arte el grabado desde hace siglos.

Asimismo, la casa, el vestuario y la forma en la que nos arreglamos constituyen una manera de rodearnos de cultura, de conocimientos, de ideas, de significados más allá de las formas. Cualquier pieza, utilitaria o no, puede convertirse en un objeto de uso, pero también en un objeto cultural, en algo que tiene una impronta simbólica más allá de su materialidad.

Hemos llegado en el mundo del arte a una separación muy grande entre la idea y la forma, entre el concepto y su realización; pero muchos artistas y diseñadores han logrado trascender esta visión.

Como curadora, se trata de dos universos que exploro sin barreras, pensando en los espectadores, en cómo viven; cómo se relacionan con los pequeños objetos de la vida cotidiana que provienen del arte, la artesanía, la tecnología.

Las instituciones deberían prestar mucha atención a las propuestas de estas bienales (la de arte, la de diseño). Las necesidades de un destinatario final se revelan en estos encuentros a través de las propuestas de los creadores; quienes siempre ven más allá, están un paso por delante de las políticas públicas, avanzan sensibilidades: receptores-perceptores-transmisores.

 

LT: ¿Qué otros elementos resaltan cuando nos aventuramos a trascender la mera concepción morfológica de un objeto?

 

CF: Además de la disolución de fronteras, para mí es importante la búsqueda del concepto… en este sentido, puede afirmarse que el arte conceptual está en la raíz del diseño.

Hay una línea de trabajo que está instalada en el mundo del arte como la inventio cubana, ese “inventar”, ese “resolver” en el que el cubano basa la construcción de su vida cotidiana en el ingenio. Esa admirable capacidad de innovar -que para mí hace al cubano invencible en la sociedad global de mercado-, de adaptarse a las condiciones cambiantes, limitadas y que resulta tan importante a la hora de crear.

El diseño más allá de la forma piensa en un arte social, para toda la gente, para su consumo. No para el consumismo como actitud depredadora, que ha matado tantas culturas, sino para consumo como uso y disfrute. Es el consumo de los objetos tras los cuales pervive una idea -objetos que son en sí mismos símbolos de identidad- solamente tenemos que aprender a enlazarlos con su significado. Es algo que vemos muy claro en la obra País deseado de Tonel, impregnado de esos adornos coloridos que había en muchas casas cubanas, cada uno con su simbología, “adornando” su cotidianeidad.

 Factoría Habana

Imagen de la exposición Convergencias (junio 2018), de Luis Ramírez y Gonzalo Córdoba, en Factoría Habana. Foto: Camila Valdés Peña.

Cuba reúne todas las condiciones para lograr ese arte socializado, ese diseño más allá de la forma, ya que cuenta con una excelente masa crítica de buen nivel cultural y que aún en las condiciones más humildes sabe apreciar las cosas con una particular sensibilidad.

Las actividades culturales alcanzan una dimensión difícil de lograr en otros contextos. Muchas de las ciudades importantes del mundo no logran tener en la inauguración de una exposición la cantidad de personas que aquí asiste a estas actividades.

La receptividad del cubano es muy grande; puede ser positiva o negativa, pero siempre hay debate en la participación.

 

LT: ¿Y si están todas las condiciones dadas, que se necesita para dar el salto de las galerías a los espacios públicos y privados que conforman el día a día de las personas?

 

CF: En este caldo de cultivo solo falta que las instituciones reestablezcan ese canal que se veía tan claro en los 80 y luego se perdió por las necesidades que devienen de momentos socioeconómico adversos; falta que el arte pueda volver a conectarse -en tiempo real- con la precaria industria existente y viceversa. El día que eso pase vamos a ver que arte-artesanía, arte-diseño y arte-tecnología tienen mucho que ver, mucha comunicación que establecer; eso es lo que está más allá, debajo o al lado de la forma.

Las relaciones del arte con la industria siempre han sido muy complejas y prejuiciadas. En Cuba vimos en un determinado momento todo lo contrario, hubo una colaboración muy positiva, marcada por el paradigma revolucionario de establecer un nuevo orden de cosas.

El acercamiento del artista a la fábrica existió desde esos primeros años de la Revolución; esa generosidad y posibilidad de interacción entre las artes es algo que en Europa se descubre bastante después.

Creo y espero, o espero y creo -sin ningún orden de prioridad- que, precisamente en este momento que vive el país, el diseño así entendido empiece a jugar un papel fundamental, como resultado de esa incidencia de la Cuba moderna que siempre fue nueva y cambiante… la palpo en el horizonte.

El arte nació con un fin utilitario, con un fin de representación: representar el paisaje, un bodegón, una escena histórica, un retrato. Estos lenguajes se reinventaron cuando ese fin representacional lo ocupó la fotografía… surgió entonces “el arte por el arte”: color, forma, composición, ritmo.

Unamos fuerzas, energías, personas con ganas de hacer. ¡Fuera fronteras, el mundo del encasillamiento no existe ya, no hay por qué forzarlo! Volvamos a pensar en colaboracionismo entre disciplinas, en trabajo en equipo, coworking… seguro que avanzaremos más y mejor.

Lo que está detrás de la forma es, sencillamente, la socialización de la cultura.

Tomado de Revista La Tiza No.6