26 agosto, 2020

«Sanas Palabras» 19 de julio

19 de julio

Desde la ventana del cuarto puede verse el pequeño amago de bosque en el que finaliza el hostal. Estamos en las faldas de la montaña, a 500 metros sobre el nivel del mar. Son árboles típicos, que nuestra ignorancia tropical confunde y llama pinos. Y claro, en ellos, y en los alrededores, correteando, casi diría que exhibiéndose, las ardillas, con sus colas eléctricas. Pero dentro, como huéspedes exclusivos esta vez, hay 38 cubanos.

Son los médicos y enfermeros de la brigada Henry Reeve, que ha finalizado su misión en la ciudad de Turín y se ha aislado, en los días previos a su regreso a la Patria, en un entorno epidemiológico limpio. No visten sus batas blancas, ni el uniforme hospitalario; sin abandonar el nasobuco, las bermudas y las sandalias revelan que se vive otro momento.

Antes, cada uno de sus integrantes se sometió al PCR, para descartar cualquier posible contagio. Hombres curtidos dejaron escapar alguna lágrima —ajena a cualquier tipo de emoción— ante el avance del indagador isopo en las fosas nasales. Durante dos días no llegaron los resultados, imposibilitados nosotros de ir a recogerlos, ocupados en otros menesteres quienes debían traerlos. Y aunque bromeábamos, y ningún rostro dejaba entrever preocupación, y no existían síntomas inquietantes en alguno de los integrantes de la brigada, la tensión flotaba como la niebla en el amanecer. Hasta que el sol salió.

El viernes, temprano, llegó la noticia: todos los análisis dieron negativo. Más aún, el resultado de todos los médicos, enfermeros, auxiliares de enfermería y voluntarios que trabajaron junto a la brigada cubana en el Hospital COVID OGR, fue negativo. Para que el lector comprenda la trascendencia del hecho, hay que recordar que el 11 por ciento de todos los enfermos de Covid en Italia fueron trabajadores de la salud, y muchos de los fallecidos también pertenecen al sector.

Y hay que anotar que la disciplina impuesta a la entrada y a la salida de la zona roja por nuestros epidemiólogos Adrián y René no fue bien comprendida al inicio por los colegas italianos. Hubo situaciones tensas, cuando algún italiano impetuoso retiró su brazo, ante el gesto protector de uno de nuestros epidemiólogos, e intentó pasar sin la debida protección.

La enfermera Julia, de 24 años, lo recordaba unos meses después así: “Hace unos días conversábamos sobre el momento en que nos vestimos y nos desvestimos para entrar o salir de la zona roja; al inicio estábamos molestas con el cubano, decíamos ‘ahora viene este a decirme lo que tengo que hacer, y cómo tengo que hacerlo’, pero después comprendimos que era necesario y ahora, cuando vamos a salir lo buscamos, para que nos vigile y nos ayude, porque así nos sentimos más seguras”.

La ansiedad nos carcome en estos días previos al regreso, a pesar de que el lugar en que nos encontramos es un remanso de paz. La máquina de pelar eléctrica del doctor Karel Pena Peña no ha tenido reposo, ni él, como improvisado barbero.

Pero Liván Álvarez Folgado, el enfermero intensivista de Minas de Matahambre, en Pinar del Río, es el hombre más solicitado. Lo mismo cose unos zapatos hambrientos, que restaura una maleta o inventa otra, de puros cartones. Es un mago generoso, que todos buscan y a todos atiende. Trabaja con tal precisión y destreza, que da gusto verlo. Llevaba tres meses en Cuba, después de una larga estadía de dos años en Guatemala, cuando fue solicitado para viajar con la brigada a Italia. Tenía a sus espaldas, además, la experiencia del ébola en Sierra Leona y, antes, otra larga en Venezuela. Su esposa, Yamilet Ferrer, también enfermera, encuestadora municipal, tiene que haberlo sentido. Llevan 16 años de casados, y tienen dos hijas: una de 15 y otra de 13. La mayor quiere estudiar medicina.

Pero las trabajadoras del hostal, cuatro mujeres, son amables. En especial Elisa, cuyo suegro falleció por la Covid. “Entró por sus pies al hospital y ya no salió” —cuenta. Se sorprendió al saber que de los 177 pacientes que se atendieron en el nuestro, solo uno falleció. Es del sur de Italia, y se fue de su casa con el novio a los 20 años. Se preparó como directora (capitana) de restaurante y cocinera, pero ha hecho de todo, y la verdad es que, al fin, después de tanta comida de hospital, sin condimentos, hemos comido bien en estos días. “Es un placer, es un honor que ustedes estén aquí” —repite. Hoy es el cumpleaños 46 del enfermero Lester Cabrera Chávez y ella preparará en la noche comida italiana en su honor.

Quedan pocos días, ya es posible contar el tiempo en horas, pero la inactividad, a la que no estamos acostumbrados, lo hace transcurrir más lento. Estos muchachos han hecho una proeza. Cumplieron. El único pensamiento que cruza ahora por sus mentes está relacionado con el regreso a la Patria y al seno de sus hogares.

No reportaré el regreso. Viajo con los héroes de esta historia. He tenido el privilegio de acompañarlos, de observarlos de cerca. Soy, por primera vez en mi vida, el más viejo de un colectivo de cubanos; pero comprobar en los hechos que las nuevas generaciones están aptas para proseguir y protagonizar el futuro de la Revolución cubana, es un aliciente. No hay pandemia en el alma de Cuba, que brilla limpia en los ojos de ellos. Por eso, siempre venceremos.

Enrique Ubieta