27 julio, 2020

Secuencia de voluntades frente a la COVID-19

Por Ivette Leyva García

“El leve aleteo de las alas de una mariposa

se puede sentir al otro lado del mundo”.

Proverbio chino

 

Al inicio fue un pangolín o un murciélago, un mercado en Wuhan, una persona contagiada y otra fallecida, un nuevo coronavirus, la alerta inminente… y el mundo cambió.

A menos de tres meses de que se reportaran los primeros casos de la COVID-19 en China, la Organización Mundial de la Salud (OMS) se vería obligada a declarar como pandemia la enfermedad causada por el SARS-CoV-2. Ese mismo día, el 11 de marzo de 2020, serían diagnosticados con el virus tres turistas italianos que hacían estancia en Cuba, los primeros.

En muy poco tiempo, y muchas veces de manera asintomática, “invisible”, el fatídico enemigo había atravesado mares y continentes, dejando tras de sí una estela de muertes, caos sanitario, pánico civil y semiparalización económica.

En muchos servicios hospitalarios, sobresaturados, empezaron a escasear los insumos: guantes y mascarillas, trajes protectores, respiradores artificiales y sus componentes…

Los grandes fabricantes no podían hacer frente a la explosión de la demanda, por lo que en todos lares empezaron a emerger iniciativas de pequeños productores con soluciones alternativas a los diversos problemas.

Cuando esta realidad llegó a nuestro país, hacía varios meses que se hablaba de la necesidad de mayores y más efectivos encadenamientos productivos, de la urgencia de aprovechar más las potencialidades existentes en frontera, del imperativo insoslayable de mirar más hacia nuestras capacidades endógenas por encima de lo importado.

Mucho se hablaba, hasta que la COVID-19 nos obligó a hacer más. Y fue así que empezaron a visualizarse en el contexto nacional encadenamientos de nuevo tipo; de mediano alcance, pero efectivos, dinámicos, solidarios, útiles. Tales relaciones se empezaron a dar, de manera mucho más desprejuiciada y fluida, entre múltiples instituciones del Estado, actores de la sociedad civil, trabajadores de modelos de gestión no estatal y personas naturales; todos en función de unir fuerzas para el enfrentamiento a la pandemia.

El más simbólico de estos encadenamientos, el de mayor nobleza y generalización, se dio a nivel de barrio, espontáneamente, cuando los vecinos con mayores o menores dotes para la costura, suplieron la necesidad creciente de nasobucos para consejos populares enteros. Uno aportó el pedacito de tela, otro los hilos o elásticos y quien tenía la máquina cosió sin descanso, lo mismo abuelitas muy mayores que mujeres y hombres jóvenes y hasta una estrella olímpica.

La gloria del deporte cubano, Ana Fidelia Quirós, se sumó a la confección solidaria de nasobucos.

Alianza high-tech

Entre uno de los ejemplos más ilustrativos de las nuevas relaciones instauradas entre diferentes actores económicos, a raíz de la crisis epidemiológica, figura el del grupo de makers coordinado por Abel Bajuelos Rizo, músico de formación y apasionado del diseño industrial. Algunos de quienes lo integraron ―personas de diferentes especialidades y localidades del país― jamás se habían visto cara a cara, pero la distancia no impidió que conectaran con el propósito de ayudar, de la manera que sabían y podían, en la cruzada sanitaria del 2020. A través de un grupo de mensajería instantánea (WhatsApp) se convocaron, intercambiaron información, se organizaron por regiones y pusieron manos a la obra.

Tras buscar, vía internet, los diseños óptimos e introducirles modificaciones para ahorrar material, fabricaron piezas de repuesto para equipamiento hospitalario, máscaras protectoras y otros utensilios (como salva-orejas para evitar las molestias causadas por los elásticos de los nasobucos o aditamentos para eludir el contacto frecuente con los picaportes).

Otras iniciativas, sobre todo asociadas a la elaboración de máscaras faciales, nacieron en el país a partir de equipos diversos; pero entre los aspectos distintivos en el caso del grupo coordinado por Abel, se hallaba el enlace interprovincial, el volumen mayor de producción y la tecnología de base.

Todos los elementos anteriormente mencionados fueron obtenidos por medio de la manufactura aditiva o impresión 3D, invención que le ha dado un gran impulso a la cultura maker (movimiento que logra resolver necesidades productivas a pequeña escala, con ayuda de las tecnologías de la comunicación y la automatización).

Hisopos para las pruebas PCR impresos en 3D.

Como trabajador por cuenta propia (TCP), Bajuelos gestiona un pequeño taller que brinda servicios de fabricación digital, bajo la figura denominada “productor vendedor de artículos fundidos”. Uno de sus clientes, hace tres años, es el Centro de Neurociencias de Cuba (CNEURO). No obstante, la nueva experiencia en la que participó le ha permitido ayudar a imprimir un modelo de colaboración mucho más horizontal y dinámico, entre los TCP e instituciones estatales.

Antes de la COVID-19, las relaciones que primaban entre ambas formas de gestión eran reguladoras (el Estado normaba las políticas para los TCP y velaba por su cumplimiento) o comerciales (el Estado contrataba algunos servicios y productos a las nuevas figuras).

Sin embargo, la extrema singularidad del contexto epidemiológico y la urgencia por resolver diversas problemáticas, así como la vocación humanista de los cubanos (sin importar a qué modelo de gestión tributen) ha revelado que existen otras maneras de imbricarse, de manifestar la unidad, de participar y trabajar por el bienestar de un país que empujamos entre todos.

Así, Abel Bajuelos refiere a La Tiza cómo, mediante la Empresa de Automatización Integral CEDAI, se logró gestionar para su grupo un lote de materia prima con el fin de dar continuidad a la producción de máscaras y otros utensilios destinados al sistema sanitario, entre los cuales también figuraban hisopos para las pruebas PCR.

Una entidad estatal, la propia Oficina Nacional de Diseño (ONDi), contribuyó con la entrega de 65 rollos de filamento PLA; cada uno de los cuales equivalía a 35 o 40 viseras del modelo escogido.

Viseras para la protección del personal de la salud fabricadas por tecnología aditiva.

Hasta el pasado 5 de mayo, entre las entregadas y las ensambladas, se habían impreso en 3D un total de 1 780 viseras, a partir de una veintena de equipos distribuidos por todo el territorio nacional.

“Los beneficios de la colaboración TCP-Estado se encuentran a la vista, y seguro hay muchos más por descubrir”, dice Bajuelos. Mientras, el equipo que coordina sigue imprimiendo novedosas soluciones… y relaciones.

Justo al cierre de la revista donde se publicará el presente artículo, se conoció de otra singular colaboración intersectorial que tuvo como centro a CNEURO, la cual le permitió al país disponer de un modelo de ventilador pulmonar propio.

El monitoreo constante de la pandemia, antes de que fuera un hecho en la Isla, evidenció tempranamente la necesidad de contar con un mayor número de equipos de ventilación pulmonar en los sistemas de atención médica. Sumado a ello, las empresas suizas imt Medical ag y Acutronis, proveedoras de estos dispositivos para Cuba, fueron compradas por la compañía estadounidense Vyaire Medical Inc, la cual decidió unilateralmente suspender sus ventas hacia nuestra nación, a causa del bloqueo.

Fue así como la máxima dirección del gobierno solicitó el apoyo de entidades nacionales para la producción de ventiladores. En función de responder a esta urgencia, el Centro de Neurociencias conformó un equipo multidisciplinario con expertos propios, la empresa Grito de Baire y otras instituciones, que partió del estudio de la información disponible y la selección y desarrollo de un principio de automatización liberado por el Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT).

Tres semanas después de haber comenzado el proyecto, ya se había logrado una maqueta funcional. Es en este momento que la dirección del Centro solicita la colaboración de la ONDi y se incorporan al grupo de trabajo dos diseñadores, según afirmó Boris León, director de la Unidad de Desarrollo de la Oficina.

Gracias a la integración entre los diversos especialistas, en pocos días se pudo presentar una propuesta de diseño para el equipo y para la interfaz de la aplicación digital que este tendría incorporada. Dicho primer acercamiento generó debates y nuevas aproximaciones, hasta que, un mes después de haber iniciado el proyecto de diseño, se logró tener el primer prototipo de ventilador.

CNEURO ha confirmado que, en octubre de este año, el sistema de salud contará con los primeros 500 ventiladores pulmonares fabricados en territorio nacional (250 de una variante invasiva y los restantes, de una no invasiva). Se concretará así otro ejemplo de cuánto puede lograrse cuando se encadenan dinámicamente voluntad política y potencialidades científicas, tecnológicas, productivas y de diseño.

Vistas del ventilador pulmonar diseñado en 3D y del primer prototipo fabricado por la empresa Grito de Baire.

 

El rostro de una colaboración

A la par de alistar en la Isla todos los recursos materiales y humanos que se requerían, en centros hospitalarios y de aislamiento, para desarrollar la estrategia de enfrentamiento al SARS-CoV-2; la vocación internacionalista médica cubana, nunca dormida, se multiplicó.

Un día se conoció la noticia de que una brigada de 52 colaboradores de la salud cruzaría el Atlántico para prestar ayuda, no a un país pobre y olvidado por las grandes potencias, sino a Italia, nación desarrollada que figuraba entre las más golpeadas hasta entonces por la pandemia.

Con emoción vimos, horas después del anuncio, las imágenes del arribo de nuestros médicos al Aeropuerto de Malpensa, en Milán. El blanco acendrado de sus batas dominaba el espacio que los recibía; llevaban la frente en alto y en la mano una bandera cubana… hasta que otro elemento apareció en el plano: la representación gráfica de la solidaridad de nuestro pueblo con el italiano.

Al llegar a Italia, los médicos de la Isla que fueron de misión, portaban la bandera cubana y la gráfica de la solidaridad, diseñada por Claudio Sotolongo.

El diseño, inédito, había sido realizado por el joven Claudio Sotolongo quien, a propósito de una beca de estudios, había permanecido por casi medio año en esa nación europea, hasta que la situación epidemiológica le impuso regresar a su tierra.

En el mes de marzo ―relata el diseñador a La Tiza―, la COVID-19 ya era un problema en Italia, se había decretado la zona roja en el norte y esto generó un estado de incertidumbre.

“En dicho contexto, consciente de la importancia del diseño de comunicación visual, me pareció correcto ofrecer, de manera voluntaria, mi colaboración profesional al embajador de nuestro país, señor José Carlos Rodríguez, a quien ya había conocido personalmente. En la medida en que la situación se fue complejizando en Roma, el contacto se hizo más cercano. Fue gracias a información recibida de parte de la embajada que pude regresar a Cuba antes del cierre de fronteras por parte de Italia y la suspensión de vuelos”, declara.

“Ya en La Habana, vía redes sociales, mantuvimos el contacto. Mientras cumplía con los 14 días de aislamiento preventivo, se me hacía necesario mantener al tanto de mi estado de salud a todas las personas con las que había tenido trato. En ese momento, se hizo pública la solicitud de ayuda médica por parte del señor Gallera, asesor de Salud y Bienestar de la Región de Lombardía, a la embajada nuestra. Pocos días después el embajador, señor Rodríguez, me trasladó la petición de hacer un diseño que denotara los valores de la colaboración médica cubana”.

Se buscó una imagen ―detalla Sotolongo― que evocara enlace, cercanía, solidaridad y apoyo. Se diseñó una variante horizontal, para ser impresa como banderola y también utilizada en redes sociales ―Twitter y Facebook, que es donde se encuentran los canales y páginas oficiales de la diplomacia de la Isla y de las asociaciones y personas que han contribuido a la materialización de esta acción―.

En pocos días, la respuesta a la solicitud estuvo lista y fue enviada a la embajada, donde la acogieron con entusiasmo; así, cuando los primeros médicos llegaron, ya se contaba con la imagen para ser mostrada. Tanto en la región de Lombardía como en la de Piamonte, a donde llegó el 13 de abril una segunda brigada, compuesta por 38 profesionales de la salud de Cuba, esta ha sido la gráfica que los ha representado a ellos directamente y, desde la distancia, a toda nuestra nación.

En más de 20 destinos se encuentran hoy los héroes cubanos de blancos uniformes, dándole batalla al SARS-Cov-2; sin embargo, solo una de estas misiones tiene “rostro”. Ello ha sido fruto de un “encadenamiento” de voluntades, de un sentido del deber y de la visión de ambas partes ―diseñador y encargante― del papel trascendental que en este contexto puede jugar el diseño, como herramienta de conexión emocional.

Marcando una nueva era

El entrelazamiento pertinente y dinámico de eslabones disímiles, con participación del diseño, en el plano de la construcción simbólica, se hizo ostensible en tiempos de COVID-19 con el redescubrimiento de la marca país Cuba.

Desde los albores del siglo XXI (años 2000-2001) fue “hallada” y diseñada esta identidad visual por un equipo de profesionales provenientes de la ONDi y Publicitur (agencia de comunicación del Ministerio del Turismo), asesorado por figuras de renombre como los argentinos Norberto Chaves ―experto en imagen corporativa―, Rubén Fontana ―maestro tipógrafo― y el diseñador gráfico español, América Sánchez. Tras más de una década de escaso uso, del cual apenas dieron cuenta los ministerios de Turismo y Relaciones Exteriores, la marca consiguió ser oficialmente aprobada, a nivel de gobierno, en 2014. Pero, de entonces a la fecha, poco más se consiguió avanzar en su gestión e implementación; al no contar (hasta el día de hoy), con un ente responsable de tales funciones, como lo requiere cualquier identidad gráfica.

El 8 de abril de 2020, a raíz de los crecientes y merecidos homenajes al personal sanitario, en las redes digitales de la ONDi se compartió el siguiente mensaje: “frente al azote de una pandemia global, poseer un sistema de salud sólido se ha convertido en el mayor tesoro, Cuba ha vuelto a ser faro. Nuestros médicos, los que curan en frontera y los que parten al auxilio de otras tierras ―incluso del primer mundo europeo― se erigen, más que nunca, en los protagonistas de nuestro humanismo, de nuestra solidaridad. La admiración con la que hablamos de nuestro ‘ejército de batas blancas’, el símbolo concreto de ese orgullo y ese amor, tendría que ser visible, ‘marcadamente’ incuestionable, en cada una de esas batas. Es en nuestro personal de salud hoy que la marca país se realiza”.

Al día siguiente, el sitio informativo Cubadebate publicó un artículo que expresaba también el justo deseo de ver en los atuendos de los médicos el despliegue de la marca Cuba, a la vez que hacía un recuento de cómo había surgido, dos décadas atrás, este signo. Tras la salida del texto, un directivo de la prensa, entusiasmado con la propuesta, intercedió ante el Ministerio de Salud Pública (MINSAP) para que se facilitaran algunos uniformes y el proyecto cultural Arteylla se ofreció a bordar en ellos, gratuitamente, la marca.

Imagen del doctor Francisco Durán en sus habituales conferencias de prensa, donde ofrece información sobre la COVID-19.

De esta “encadenada” manera se hizo posible que el 16 de abril, a 59 años de la declaración del carácter socialista de la Revolución cubana, el doctor Francisco Durán García, director de Epidemiología del MINSAP, saliera a dar su conferencia habitual de actualización sobre la COVID-19, con el estreno de su bata “marcada”.

Ese mismo día, tantas veces histórico, coincidentemente vio la luz en el programa televisivo Mesa Redonda, un emotivo video que, signado también por la marca, resaltaba el valor de los aplausos ofrecidos al personal de la salud a las nueve de cada noche; esos aplausos que desde el nacimiento acompañan cada momento trascendental de la vida humana. La realización del corto fue, también, expresión de las voluntades aunadas de distintos profesionales.

Otro colaborador de los medios ―el 22 del propio mes― realizó un oportuno comentario en el noticiero del mediodía de la Televisión Cubana, mediante el cual propuso convertir el uso de la marca país en un “reto”, en un gesto de orgullo nacional. Le tomaron la palabra los habitantes del reparto La Magdalena, del Cotorro, adonde la noche del 26 llegó un promotor anónimo a regalar pegatinas con el símbolo; muchas de las cuales terminaron, como amuleto contra todo mal, en las puertas de las casas.

El influjo de la marca, ese “no sé qué” atrayente más allá de sus cualidades técnicas, capaz de seducirnos y movilizarnos, conquistó igualmente a actores políticos. Así llegaría este imagotipo a ocupar un espacio en los nasobucos criollos, prenda más importante de la lucha versus COVID-19. Para sorpresa y alegría de muchos implicados, el propio presidente de la República, Miguel Díaz-Canel, acompañado de su esposa, inauguraría su uso el Día Internacional de los Trabajadores.

Tanta conjunción de buenos ánimos, compromisos y sensibilidades, derivó en que el 2 de mayo más de un aspecto llamara la atención en el acto de abanderamiento de las 11 enfermeras que, en misión humanitaria, despegarían rumbo a Trinidad y Tobago. Era la primera vez que un colectivo perteneciente al contingente Henry Reeve, creado en 2005 por idea del Comandante en Jefe Fidel Castro, partía a brindar su ayuda en otras tierras, integrado solo por mujeres. Era la primera vez que llevaban en el pecho, cual ejército de vida, una insignia de su país, su marca.

Enfermeras del contingente Henry Reeve partieron de misión hacia Trinidad y Tobago, por primera vez uniformadas con la marca Cuba.

Las historias aquí comentadas constituyen referencias de cuánto puede lograrse cuando confluyen tecnologías y solidaridad, gestión estatal y no estatal, voluntad política y ciudadana.

Mucho nos aportaría que estas nuevas formas en las cuales se ha concretado, en tiempos de pandemia, la unidad y participación de los actores económicos y sociales cubanos, no deviniera en excepción de contingencia, sino en norma. Tenemos a nuestro favor esa vocación humanista que nos compulsa a ayudar, a ofrecer una mano allí donde haga falta y desde cualquier modelo de gestión en el cual nos desempeñemos.

Asimismo, la integración y visibilidad del diseño en la resolución de los problemas de nuestra sociedad, como eslabón imprescindible de las cadenas de valor, materiales y simbólicas, deberá ―como regla― no solo sostenerse, sino ampliarse.

Cuando nos unimos ―y aquí cabría decir, encadenamos― para hacer el bien, por y para la prosperidad de ese “todos” en el que cabemos cada uno de nosotros, las mejores soluciones emergen. Nuestra propia guerra contra la COVID-19 lo ha demostrado y tenemos el deber de continuar reafirmándolo en esa otra normalidad que vendrá, en la “era” pospandémica.